Por: Ing. Jeaneth León M.
Directora Administrativa
La juventud y la alegría suelen ir de la mano, creando
un cómix¹ de energía y optimismo. En esta etapa se vive con
intensidad: cada experiencia -un concierto, un viaje, una amistad nueva- se
siente como un estallido de felicidad. La curiosidad y la falta de
responsabilidades pesadas permiten reír más, arriesgarse y disfrutar del
presente. Sin embargo, también existen momentos de incertidumbre y presión,
pero la resiliencia juvenil tiende a convertir los tropiezos en lecciones con
una sonrisa.
La alegría se define como un sentimiento de placer,
gozo o satisfacción que se experimenta por algo agradable y favorable. Es
decir, se requiere un estímulo externo. Entonces, ¿es posible estar siempre
alegres? No, en el sentido de una euforia constante o exenta de todo
sufrimiento, pues la vida terrenal está marcada por obstáculos, desafíos,
pruebas y, finalmente, la muerte.
Sin embargo, Don Bosco, el Santo de los Jóvenes,
enseña que “La santidad es estar siempre
alegres”. ¿Cómo entender esto? Jesús nos exhorta: “¡Regocíjense y alégrense!” (Mateo 5:12). La santidad no es un
esfuerzo sombrío, sino la plenitud de vida en Él, donde la paz y la alegría en
el Espíritu Santo son frutos inconfundibles de la verdadera vocación divina.
Don Bosco se basó en la idea de que la alegría es un
reflejo de la presencia de Dios en nuestro corazón. Para él, la santidad no se
trata de tristeza o seriedad excesiva, sino de vivir con un corazón lleno de
amor, confianza y gratitud hacia Dios. Decía que “la alegría es la prueba de la santidad”. Esta alegría nace de la
fe, no de las circunstancias externas e implica alegría en las pruebas
cotidianas. El Señor ofrece verdadera vida, la felicidad para la que fuimos
creados.
Un joven triste es una contradicción. Cultiven esta
alegría mediante la oración, los sacramentos y la caridad; alegría que, si bien
no elimina el dolor, pero lo ilumina con la paz.
¹ Neologismo referido
a sinergia o mezcla.

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