Por:
Ing. Jeaneth León M.
Directora
administrativa
En la
Unidad Educativa Juan Pablo II hay tradiciones que no se explican, se sienten.
El Festival de la Canción Blanca es una de ellas.
Cada mayo,
cuando el corazón de Cuenca huele a rosas, nuestro auditorio se viste de gala.
Las luces bajan, el silencio se vuelve oración y entonces ocurre el milagro: la
pureza de corazón de niños y jóvenes llena cada rincón.
Hay
alegría en las miradas. Hay nervios que hacen temblar la guitarra. El corazón palpita
de emoción, porque no es un concurso más: es un regalo. Los versos más tiernos
y los arpegios más dulces se convierten en alabanza. Cada nota que sube al
escenario es un “te quiero” para la Madre.
Un jurado
tiene la delicada tarea de elegir ganadores, pero Ella ya ganó. La Madre de
Dios recibe las oraciones hechas canción y las guarda en su corazón, como una
madre guarda el dibujo de su hijo en la puerta del refrigerador: con ternura
eterna.
Porque
aquí no se compite, se ofrece. No se canta para un trofeo, se canta para Ella.
Y
cuando cae el telón, queda flotando en el aire la misma súplica que nos
enseñaron de pequeños: “Somos tus hijos, guárdanos, Madre”.
¡Viva
María Auxiliadora!
¡Viva
el Festival de la Canción Blanca!

Qué hermoso relato que transmite el verdadero sentido del Festival de la Canción Blanca. Más que un evento, se siente como un acto de amor y fe hacia la Virgen María. Cada palabra refleja la emoción, la ternura y la devoción con la que los estudiantes ofrecen su talento a la Madre de Dios. Sin duda, estas tradiciones dejan huellas imborrables en el corazón y fortalecen el espíritu de toda la comunidad educativa.
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ResponderEliminarTransmite mucho amor, fe y emoción hacia la Virgen María. Me gustó cómo describe el Festival de la Canción Blanca no solo como un concurso, sino como una forma de expresar sentimientos y agradecimiento por medio de la música. Además, refleja la unión y la pureza de corazón de todos que participan con alegría y devoción.
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