Por: Eco. Patricia Vizcaíno León Mgtr.
Rectora
¿Qué significa realmente ser
educador?
A menudo definimos nuestra labor
como el acto de ser guías, mentores o transmisores de conocimiento, pero, en el
fondo, ser maestro es el arte de dejar una huella imborrable en el alma de
otros. Para mí, esta convicción no nació en los libros, sino que es una
herencia sagrada que llevo en la sangre. Crecí viendo a mi padre, un educador
que amaba las matemáticas y las enseñaba con la ligereza de un juego; su
carisma con los estudiantes, desde el colegio hasta la universidad, hoy nos
cuida desde el cielo… pero su legado sigue vivo. Junto a él, mi madre, una
maestra parvularia amorosa y creativa, me enseñó que la excelencia es un
compromiso personal; ella, incluso poco antes de jubilarse, regresó a la
universidad para perfeccionarse, demostrando que el aprendizaje es una deuda de
honor con uno mismo.
Ese legado es el que me motiva
cada mañana. Para mí, la docencia no es un trabajo, es un estilo de vida y una
vocación que se renueva cada vez que me encuentro con los niños y jóvenes de
nuestra institución. No hay motor más grande que entregar una sonrisa y recibir
a cambio la pureza de un abrazo; es en ese intercambio donde reímos, aprendemos
y, lo más importante, tenemos la humildad de desaprender para evolucionar junto
a ellos. Es aquí donde ocurre la verdadera magia: cuando a la vocación se le
añade la pasión, el cansancio se transforma en satisfacción y surge lo que
llamamos el ¨corcho pedagógico¨, esa capacidad resiliente de mantenernos a
flote, con entusiasmo y propósito, ante cualquier desafío.
Ser educador es, ante todo, un
privilegio de servicio. Como bien sostiene el Dr. Mario Alonso Puig, la
verdadera motivación es la que nos mueve a la acción cuando nos sentimos en un
entorno seguro, valorados y acogidos por nuestro grupo. Al enfrentar retos que
nos invitan a crecer y progresar nuestra vida cobra un sentido trascendental al
contribuir directamente al bienestar de los demás. Por ello, nuestra misión
diaria es querer, creer, valorar y potenciar cada talento que llega a nuestras
manos.
Hoy, al celebrar el Día del
Maestro, es vital detenernos y preguntarnos: ¨¿Qué estoy haciendo aquí?¨ La respuesta que brota del corazón es
que todo vale la pena, porque si hoy estamos aquí es porque somos docentes que
no solo tienen vocación, sino una pasión desbordante por lo que hacen. Al final
del día, debemos recordar que nuestra labor no consiste en tratar a nuestros
alumnos como cubos vacíos que hay que llenar de datos, sino como fuegos
sagrados que tenemos la misión de encender para iluminar el futuro.
¡Feliz día a todos los maestros
que eligen, cada día, encender esa luz!

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