Por: Amanda
Ochoa
Estudiante
3ro BGU
El
Miércoles de Ceniza es el día en que se coloca ceniza en la frente en forma de
cruz como un signo de arrepentimiento y conversión. La ceniza recuerda que la
vida es limitada, que no somos eternos y que necesitamos volver a Dios con un
corazón sincero. No es un símbolo decorativo, sino un gesto que apunta a lo
interior: reconocer errores, cambiar actitudes y vivir con más coherencia con
el Evangelio.
Hay
quienes reciben la ceniza por tradición, por acompañar a la familia o
simplemente porque “toca”, pero sin detenerse a pensar qué implica realmente.
Se conserva la señal en la frente, pero no siempre se cuestionan las actitudes
diarias: el orgullo, la indiferencia, la falta de empatía o la incoherencia
entre lo que se cree y lo que se hace.
La
ceniza no es una marca para aparentar fe, sino un recordatorio de humildad. La
fe debe ser vivida con sinceridad, tiene que nacer de la persona, no debe
vivirse para ser vista por los demás. Por eso resulta contradictorio cuando el
gesto se vuelve algo externo mientras la vida interior permanece igual. La
conversión que propone este día es concreta: perdonar, cambiar nuestros
comportamientos, dejar hábitos que dañan y acercarse más a Dios de manera real.
La
cruz se borra en pocas horas, pero el sentido es que el cambio permanezca en la
vida cotidiana y en la relación verdadera con Dios.





