Por:
Mari Gutiérrez Celi
Vicerrectora
y docente 7mo ¨A¨
Si de veinte y dos años pierdes a tu mamá de una manera
inesperada, muere en tus brazos y lo último que te dice es: ¨Tienes que ser fuerte¨. Luego te toca
enfrentar al cáncer, esa sombra oscura que opaca nuestras vidas, y llega a tres
seres que amo con todo mi corazón: mi sobrino, mi hermano y mi niña. Sí eso es
un dolor que desgarra el alma. Tres seres extraordinarios, tres seres de luz, tres
pilares de mi existencia a quienes les tocó encarar una batalla que desangra el
corazón, el dolor es inmenso, es un vacío que se extiende como un eco
silencioso en cada rincón de mi ser. Verlos luchar contra esta enfermedad,
presenciar su sufrimiento, es una tortura que no tiene nombre.
Mi hermano, mi compañero de infancia, mi confidente, se
enfrentó a un enemigo invisible que me lo arrebató. Pero su valentía y su
entereza quedaron como un ejemplo para mí, aunque no puedo evitar sentirme
impotente ante su ausencia. Me decían que el tiempo lo cura todo... ¡Cosa más
absurda! La verdad es que el tiempo no cura, el tiempo enseña, enseña a caminar
con la ausencia, a respirar con el dolor, a recordar sin ahogarse. No se trata
de olvidar, se trata de integrar, de transformar la herida en algo que duela
menos, en algo que, aunque arda, permita avanzar; es cuando acude a mi mente la
frase que mi padre me dijo a los 13 años: ¨Rendirse no es una opción¨.
Y ahora mi niña, esa hija que la vida te da, quien se
convierte en parte de la tuya y te da el mejor regalo del mundo, ella también
lucha contra esa enfermedad que no entiende de edades. Su sonrisa, que siempre
iluminó nuestros días, su fuerza, su resiliencia, ahora se van opacando por el
sufrimiento. Verla sufrir es como si me arrancaran un pedazo de mi alma. A
veces creo que avanzo, que respiro mejor, que puedo reír sin sentir dolor, me
levanto con la sensación de que la vida sigue y que, de alguna forma, yo sigo
con ella, pero de pronto, de manera inesperada una llamada: ¨Tenemos que
internarla, no soporta el dolor¨. Sin más, me desplomo de nuevo; sin embargo,
entre lágrimas rememoro, al ver todo a mi alrededor, que rendirme no es una opción.
En la penumbra de la noche, cuando el mundo duerme, pero yo
no, cuando el dolor se hace más grande, entiendo que este dolor es mío, que
cada uno vive su dolor con el peso exacto de su amor. Y que este dolor me ha
ensañado a valorar cada instante y ver la fragilidad de la vida y la
importancia de amar sin reservas.