Un
colegio es mucho más que un edificio compuesto por muros, ladrillos, pizarras y
cuadernos. Es, en realidad, un hermoso mural que se construye día a día con
todos los miembros que conforman. Cada uno de nosotros con nuestras sonrisas,
nuestros talentos, nuestros días brillantes y también nuestras dudas es una
pieza única, con un color y una forma que nadie puede contestar. La verdadera
magia de la convivencia no ocurre cuando intentamos ser todos iguales, sino cuando
logramos que cada pieza encaje en perfecta armonía con las demás.
Aprender a convivir es aceptar la sagrada
tarea de caminar juntos, reconociendo que cada persona carga con sus propias
luces, anhelos y batallas silenciosas. Cuando
elegimos la amabilidad en lugar de la indiferencia, cuando decidimos tender una
mano en lugar de dar la espalda, encendemos una luz en el día de alguien más.
Los pasillos de nuestro colegio no se llenan solo de pasos, se llenan de ecos;
y está en nuestras manos decidir si esos ecos serán de aliento, de risas
compartidas y de palabras que abrazan.
Aprender
a vivir juntos es el examen más importante que presentaremos, y no se califica
con una nota en un papel, sino con la calidez de nuestro entorno. Se nota en la
mesa del recreo donde siempre hay espacio para uno más, en el aula donde se
respeta el silencio del que piensa y en el patio donde el error de un amigo se
recibe con un no pasa nada quédate tranquilo, lo intentamos otra vez. Sigamos
tejiendo esta red con hilos de respeto, cordialidad, empatía y paciencia, para
que nuestro colegio sea siempre ese refugio seguro donde todos, absolutamente
todos, sintamos que pertenecemos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario