Por: Martín SerranoEstudiante 3ro BGU
El vaho de mi aliento se congela en esta distopía
de hierro y lodo. Mis manos, antaño diestras en el clavecín, hoy solo
obedecen la inercia de una
maquinaria atroz que me encadena al oprobio.
Anhelo el refugio
de los brazos maternos, el aroma a lavanda de nuestra cocina en Baviera, lejos de
esta efervescencia de muerte que me marchita el alma.
Sostengo entre mis dedos entumecidos una pastilla de una blancura virginal, una sustancia que promete la anhelada pulcritud en medio de tanta inmundicia ética. Sin embargo, al observar el relieve grabado en su superficie, una náusea ontológica me sacude. No es producto de una industria inocente; es una transmutación sacrílega. Esta grasa, este Reinstüdisches Fett, es la esencia destilada de quienes ayer caminaban bajo el sol.
He aquí la paradoja más abyecta: pretender lavar mis pecados con la carne saponificada de mis víctimas. El jabón, fétido de una humanidad robada, se deshace entre mis manos como mi propia cordura.
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