Por:
Joaquín Plaza
Estudiante
10mo ¨B¨ y Miembro Club de Periodismo
Mi mamá
siempre me decía que, si alguna vez escuchaba algo en la noche, no lo contara
en voz alta… porque hay cosas que no solo se escuchan, sino que se aprenden. Yo pensaba que era una forma rara de asustar a
los niños, hasta que empecé a escuchar los pasos…
La casa
donde vivíamos era antigua. No vieja de esas que se caen a pedazos, sino de las
que parecen guardar silencio… como si recordaran demasiado. Los pasillos eran
largos, el piso de madera crujía incluso cuando no caminaba nadie y por las
noches todo se volvía más oscuro de lo normal, como si la luz tuviera miedo de
quedarse. La primera vez que los escuché, pensé que era mi mamá.
Paso
Paso
Y… paso
Abrí los
ojos y me quedé quieto, mirando la puerta. El sonido venía del pasillo,
acercándose lentamente. No sé por qué empecé a contar:
—Uno… dos… tres…
Tal vez
para distraerme. Tal vez porque necesitaba entender el ritmo. Cuando llegué al
doce, los pasos se detuvieron justo frente a mi puerta, esperé hasta que
alguien llamara, que alguien dijera mi nombre, que la manija girara, pero… no
pasó nada, solo ese silencio… largo, incómodo… como si alguien se hubiera
quedado del otro lado, sin hacer ruido.
Esa noche
no dormí bien y tampoco la siguiente, ni la siguiente, porque los pasos
volvieron siempre iguales, siempre a la misma hora, siempre doce y siempre ese
silencio después, cada vez más pesado… más cercano… como si el espacio entre la
puerta y yo se hiciera más pequeño cada noche.
Empecé a
notar cosas pequeñas al principio. La puerta, a veces, amanecía entreabierta…
aunque yo recordaba haberla cerrado. Mis juguetes cambiaban de lugar no mucho,
apenas unos centímetros. Lo suficiente para dudar de mí mismo y el aire… siempre
frío después del paso doce. Un frío que no venía de la ventana ni de la noche, sino
de algo más. Algo que se quedaba. Una noche decidí no contar, me quedé en
silencio, con la respiración contenida, esperando los pasos.
Paso
Paso
Paso
Llegaron
hasta doce. Se detuvieron y entonces… uno más… trece.
El sonido
fue distinto más pesado, más consciente. Un golpe suave resonó en la puerta, no
respondí… otro golpe, más fuerte. Entonces una voz, apenas susurró:
—No estás contando.

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